Allá, donde terminan las fronteras, los caminos se borran. Donde empieza el silencio. Avanzo lentamente y pueblo la noche de estrellas, de palabras, de la respiración de un agua remota que me espera donde comienza el alba. Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta en su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado. Sostengo al árbol, a la nube, a la roca, al mar, presentimiento de dicha, invenciones que desfallecen y vacilan frente a la luz que disgrega.
Y luego la sierra árida, el caserío de adobe, la minuciosa realidad de un charco y un pirú estólido, de unos niños idiotas que me apedrean, de un pueblo rencoroso que me señala. Invento el terror, la esperanza, el mediodía - padre de los delirios solares, de las falacias espejeantes, de las mujeres que castran a sus amantes de una hora.
Invento la quemadura y el aullido, la masturbación en las letrinas, las visiones en el muladar, la prisión, el piojo y el chancro, la pelea por la sopa, la delación, los animales viscosos, los contactos innobles, los interrogatorios nocturnos, el examen de conciencia, el juez, la víctima, el testigo. Tú eres esos tres. ¿A quién apelar ahora y con qué argucias destruir al que te acusa? Inútiles los memoriales, los ayes y los alegatos.Inútil tocar a puertas condenadas.
No hay puertas, hay espejos. Inútil cerrar los ojos o volver entre los hombres: esta lucidez ya no me abandona. Romperé los espejos, haré trizas mi imagen -que cada mañana rehace piadosamente mi cómplice, mi delator. La soledad de la conciencia y la conciencia de la soledad, el día a pan y agua, la noche sin agua.
Sequía, campo arrasado por un sol sin párpados, ojo atroz, oh conciencia, presente puro donde pasado y porvenir arden sin fulgor ni esperanza. Todo desemboca en esta eternidad que no desemboca. Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos.
Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día.
Octavio Paz
domingo, 19 de agosto de 2007
lunes, 16 de julio de 2007
Un cuento rescatado y lineas que lei en el metro

Istmo lo escribí hace más de dos años, y cuando lo leí ante la academia no dieron comentario.
En el metro ojeaba una revista, de esas que vienen en un diario respetado, conservador y mentiroso. En el articulo había una cita de Ribeyro: "Es penoso irse de este mundo sin haber adquirido una sola certeza. Todo mi esfuerzo se ha reducido a elaborar un inventario de enigmas. He puesto tanto empeño en construir el pedestal que ya no me quedaron fuerzas para levantar la estatua."
Ahora que reviso ese cuento olvidado, muchas cosas podrian mejorarse. Pero las dudas son las mismas, más y las mismas. Mejor dejarlo así.
ISTMO
El papel lo hice yo, es de arroz, pero no te lo comas. Tuve que secarlo al sol y ensayar las palabras en la tierra, no te enojes si se me pasa algún acento, han sido diecisiete años, no importan las faltas menores.
Sé que debes tener canas, te las pintabas temprano para que no me diera cuenta, pero yo podía estar despierta con los ojos cerrados y alcanzaba a ver tu cabello blanco. ¿alguien hará la cama en la mañana cuando hayas partido a trabajar? es una cama muy fría, inmensamente grande, no te imagino invernando en el invierno, podrías enfermar con el frío y no habrá nadie para cuidarte. O quizás si, eres muy tímido, te sonrojabas cuando alguien te miraba con atención, pero han sido diecisiete años, muchas cosas cambian en diecisiete años. Talvez hayas conseguido una esposa buena, otra casa donde mi presencia no esté tan presente. Habrás dejado de teñirte las canas porque ya se te acabaron, no sé, hijos, si ella es joven. Y jugarás en la nieve con ellos, en una nieve parecida a la que ahora me sepulta. Así es, en esta tierra perdida hace poco llovía, y de pronto comenzaron a caer copos de nieve, de cuando en cuando hay que echarle leña a la fogata, cada vez me cuesta más encontrarla. No es que falten árboles, en realidad abundan, en el verano dan una sombra espléndida pero apenas llega el invierno se moja todo y quedan inservibles.
Sé que debes tener preguntas, lo sé, también las tengo y creo no poder respondérmelas todas todavía. Vivíamos bien, nuestra casa estaba en la costa, a pocos pasos de la playa. Tu pescabas por afición y aseábamos por costumbre, pero no era mucho para dos personas que viven sin vecinos ni hijos, algo que nunca nos explicamos. Los primeros años fueron duros, inmóviles pero tranquilos, la casa siempre estaba vacía, muchos males se curan con una casa vacía. Me recordaba cuando era niña y miraba la ventana en la tarde, la miraba todos los días, hasta que tuve la edad para el colegio, entonces ya no tuve tiempo para mirarla y nos cambiamos de casa, probablemente la sacaron, ya nadie podrá ver el árbol que cerca estaba y las figuritas que hacían sus sombras.
Una tarde, (de esas tardes que el sol tiñe de rojo y las nubes parecen irreales) decidí nadar, salí completamente desnuda, (tu habías ido a la ciudad), la arena ardía y me lancé rápidamente sin pensar siquiera, en la profundidad de las aguas o lo cerca de alejarme de la playa. Nadé, nadé, seguí nadando, compulsivamente, como si quisiera sacarme el cuerpo con el agua o limpiarme la somnolencia acumulada. Cuando me volteé ya no se veía la arena y las olas cambiaban de rumbo, mi cuerpo estaba morado, pero aún seguía nadando, hacía cualquier lado, a algún lugar llegaría, siempre se encuentra tierra. Entonces, las olas comenzaron a calmarse y se hizo de noche, unas luces me indicaban tierra y agotada nade hacia la playa. Era un playa igual a la de nosotros, tan limpia y aburrida como la de nosotros, pero no había nadie, era una playa desierta, de esas que ya no hay. Busqué a personas, y encontré una casa, hecha a la imagen y semejanza de la nuestra, entonces lloré, llore días enteros, no sabía si de felicidad o asombro. Hasta que me dio hambre y comí todo lo que encontré, muchas flores y algo de hierba. A veces dormía en la casa, era confortable, pero ya no duermo ahí, prefiero la playa, es menos fría.
No sé cuanto tiempo pasó, habrán sido años o meses, es difícil saberlo, yo tan solo vivía, los árboles me alimentaron, todo era muy igual pero tan diferente. Aseaba menos, pescaba por necesidad, los días eran mi compañía, y ya no estabas tu, que te teñías las canas y habitabas esa cama fría.
Era verano, estaba descansando en la orilla hacía calor, mucho calor y un cuerpo flotaba inconsciente, medio ahogado, en la costa. Todas las palabras empezaban en ti, tuve esperanzas, pero era otro y estaba morado, con cicatrices. Lo cuidé durante mucho tiempo, le regalé las plantas más sabrosas y empezaba a imaginar una vida con hijos y un huerto de trigo. Él no hablaba, pensé que era ciego, y al cabo de un tiempo comenzó a caminar. La noche dormía, y un día cualquiera se lanzó al mar. No lo he vuelto a ver. De todos modos inicié mi huerto de trigo, luego de arroz, es duro domar la naturaleza, pero lo hice y tengo hasta para vender, eso se los doy a los animalitos que a veces vienen a verme.
Cuando los días son iguales uno en esa inmovilidad puede moverse sin problemas, no sé bien como pasó, pero mi piel se arrugó, y mis ropas tuvieron que ser mas gruesas. Las fuerzas decayeron, solo me queda un poco de arroz. Hace dos días, llegó un cuerpo, esta vez estaba muerto, un calendario tenía en el bolsillo, marcaba la fecha de nado. Y ahí lo supe, diecisiete años quien lo diría, ya éramos mayores en aquel entonces, ahora lo somos más, si es que no te has adelantado en la muerte. Fabriqué un barquito (quería lanzar una botella al mar pero aquí no hay) las olas se lo llevaran, a veces pienso que con la arena se hará un istmo, y esa será su ruta, ojalá lo encuentres en la orilla de nuestra playa, confío en que esto suceda. Así podrás saber donde está mi isla, mi huerto y mi casa, siempre quise que lo supieras.
sábado, 9 de junio de 2007
domingo, 13 de mayo de 2007
Las palabras del Maestro.
Andrei Tarkovsky fue para mi la primera evidencia de aquello que está más allá de lo visible. El lenguaje de las imagenes, asi como el de las palabras, son eso y otra cosa. En estos tiempos en donde debo memorizar resumenes de manuales para olvidarlos al día siguiente, no es malo escuchar a Tarkovsky.
El espiritu rara vez estuvo tan presente en el cine.
(En el video, extracto de la pelicula de Tarkovsky "Andrei Rublev" Rusia, 1966)
El espiritu rara vez estuvo tan presente en el cine.
(En el video, extracto de la pelicula de Tarkovsky "Andrei Rublev" Rusia, 1966)
miércoles, 25 de abril de 2007
Hojas Perdidas
El primer y unico silabario que tuve fue comprado en una feria, entre los kilos de fruta y pescado en oferta. En la portada había un niño y una niña leyendo el silabario que tenía en mis manos. Daba envidia no poder descifrar el secreto.
Primero las vocales, luegos frases simples, se avanzaba hasta el premio mayor: los cuentos al final del libro. No conozco a nadie que no se haya conmovido ante "La Codicia" o "Carta de un niño a un amigo", las primeras lecturas siempre serán especiales porque las recorría el asombro.
Las paginas aqui escogidas se recomienda leerlas lento, juntando las letras, aspirando el aire suavemente, recien se está comenzando, queda todo el tiempo del tiempo para las palabras.
La canción del trencito, va dedicada.


Primero las vocales, luegos frases simples, se avanzaba hasta el premio mayor: los cuentos al final del libro. No conozco a nadie que no se haya conmovido ante "La Codicia" o "Carta de un niño a un amigo", las primeras lecturas siempre serán especiales porque las recorría el asombro.
Las paginas aqui escogidas se recomienda leerlas lento, juntando las letras, aspirando el aire suavemente, recien se está comenzando, queda todo el tiempo del tiempo para las palabras.
La canción del trencito, va dedicada.


sábado, 17 de marzo de 2007
Porque escribí

Hay veces en las cuales uno va al centro sin saber lo que desea, pasea por calles con nombre propios y deambula entre tiendas sabiendo que no comprará nada. Es mala idea andar con algo de dinero en el bolsillo porque siempre en el extravío uno encuentra pequeños tesoros que dejan sin almuerzo algunos días.
Lom una vez editó un libro de este poeta en una pequeña version llamada "Antología de paso". La primera aproximación a Lihn fue con ese libro, lamento no tenerlo todavía, debido a que un compañero de colegio me lo sacó de la mochila en clase de matematicas y la profesora injustamente se lo quitó, quitandome a Lihn hasta ahora.
Habia otra antologia del fondo economico? de cultura que entre el alto precio y la escasez de ejemplares era dificil de encontrar.
Por esos paseos sin rumbo de los viernes lo encontré en una venta de bodega. El precio seguía siendo alto. Lei el primer poema del libro. Me era conocido. Celeste hija de la tierra. (acá viene una descripcion de como el sujeto lo lee y se queda algun tiempo parado en la libreria estupefacto ante la experiencia poetica, ojos humedos sin pensar en nada. Solo en Lihn, el poeta)
Me lo compré sin culpa.
Celeste hija de la tierra
No es lo mismo estar solo que estar solo
en una habitación de la que acabas de salir
como el tiempo: pausada, fugaz, continuamente
en busca de mi ausencia, porque entonces
empiezo a comprender que soy un muerto
y es la palabra, espejo del silencio
y la noche, el fruto del día, su adorable secreto revelado por fin.
Tendría que empezar a ser de nuevo
para aceptar el mundo como si no fuese
solamente lo único que conservo de ti,
tendría que olvidarme
como se olvida lo más negro de un sueño,
soplar en mi conciencia hasta apagar mi imagen,
cerrar los ojos frente a los espejos,
deshacerme y hacerme, soñar siempre con otro,
morirme de mí mismo
para no recordarte a cada instante
como el ciego recuerda la luz y el condenado a muerte
la vida, toda ella, en un abrir y cerrar de ojos,
porque estás más adentro de mí que yo mismo
o existo porque existes
o yo no sé quién soy desde que sé quien eres.
No es lo mismo estar solo que estar sin ti, conmigo
con lo que permanece de mí si tú me dejas:
alguien, no, quizás algo: el aspecto de un hombre, su retrato
que el viento de otro mundo dispersa en el espacio
lleno de tu fantasma desgarrador y dulce.
Monstruo mío, amor mío,
dondequiera que estés, con quienquiera que yazgas
abre por un instante los ojos en mi nombre
e, iluminada por tu despertar,
dime, como si yo fuese la noche,
qué debo hacer para volver a odiarte,
para no amar el odio que te tengo.
Es inútil
buscar a tu enemigo en el infierno
suyo y de esta ciudad, allí donde la música agoniza
larga, ruidosamente en el silencio
y beber en su vaso para verte
con su mirada azul, roja de odio,
el vino que refleja su secreta agonía,
la que en su corazón en ruinas danza
a la luz de una luna tan desnuda como ella
con la misma afrentosa lascivia de la luna
que no se muestra al sol, pero acepta su fuego,
esa virgen tatuada
por los siete pecados capitales
no eres tú o eres otra;
alguien, quizá yo mismo, entonces toca
mi frente y me despierto como el fuego en la noche,
en toda mi pureza,
con tu nombre verídico en los labios.
ENRIQUE LIHN
domingo, 4 de marzo de 2007
Si no la vio, matese! (pero rapido)
Una de las razones para amar el cine
Título original: Les quatre cents coups
Dirección: Francois Truffaut
Guión: Francois Truffaut y Marcel Moussy
Producción: Les Films Du Carrose-SEDIF
Fotografía: Henri Decae
Montaje: Marie-Josèphe Yoyotte
Música: Jean-Claude Marchetti
Intérpretes: Jean-Pierre Léaud (Antoine Doinel), Claire Maurier (Gilbert Doinel, la madre), Albert Rémy (el padrastro), Patrick Auffay (René Bigey), Georges Flamant (Monsieur Bigey), Yvonne Claudie (Madame Bigey), Guy Decomble (profesor de francés)
Título original: Les quatre cents coups
Dirección: Francois Truffaut
Guión: Francois Truffaut y Marcel Moussy
Producción: Les Films Du Carrose-SEDIF
Fotografía: Henri Decae
Montaje: Marie-Josèphe Yoyotte
Música: Jean-Claude Marchetti
Intérpretes: Jean-Pierre Léaud (Antoine Doinel), Claire Maurier (Gilbert Doinel, la madre), Albert Rémy (el padrastro), Patrick Auffay (René Bigey), Georges Flamant (Monsieur Bigey), Yvonne Claudie (Madame Bigey), Guy Decomble (profesor de francés)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
